Paso en El Guayabo


Segunda parte. Cada año, para las Navidades, en El Guayabo enviaban provisiones a casa del sastre. Entonces, el sastre se mostraba satisfecho, pero no tardaba en volver a decir:

-¡Qué más da!

La esposa del sastre estaba siempre de buen humor, y nunca se le oía decir, como a su marido: ¡Para qué!. Los hijos crecieron, se fueron a tierras lejanas. Ramon era el menor.

Pero llegaron malos tiempos. El sastre tuvo que dejar de trabajar, pues le enfermaron las manos. -¡No hay que desanimarse! -decía su esposa-. Puesto que las manos del padre no pueden ayudarnos, procuraré yo dar más ligereza a las mías. El pequeño Ramon puede también ayudar.

El niño se sentaba ya a la mesa de coser. Era un chiquillo muy alegre. Pero no debía quedarse todo el día sentado allí, decía la madre; tenía también que jugar y saltar.

Irnelda era su mejor compañera de juego. Su familia era aún más pobre que la de Ramon. Él tenía grandes ideas; quería ser un buen sastre y vivir en la ciudad. Irnelda iría a visitarlo, y si sabía cocinar, prepararía la comida para los dos y tendría su propia habitación. A Irnelda le parecía todo aquello un tanto improbable, pero Ramon no dudaba de que todo sucedería al pie de la letra. Y así se pasaban las horas bajo el viejo árbol de cacaguito, mientras el viento silbaba a través de sus ramas y hojas.

En verano caían las hojas, y la lluvia goteaba de las ramas desnudas.

-¡Ya reverdecerán! -decía la mujer.

-¡Qué más da! -replicaba el hombre.

-Tenemos la despensa llena -observaba ella-. Y podemos dar gracias a la señora. Yo estoy sana y no me faltan energías. Sería un pecado quejamos.

Las Navidades las pasaban los propietarios en su finca, pero después volvían a la ciudad... Aun falta...

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