La granja.


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MICRORRELATO.
Título: La granja.
Autora: Valeria Leal.


El sol de la tarde brillaba con intensidad. Mi amigo Joaquín, sentado a mi lado, no paraba de quejarse sobre su estado de aburrimiento excesivo. Sus constantes quejidos a mis oídos me lastimaban e impedían admirar tan lindo paisaje en paz.

- ¡Hagamos algo nuevo, Andrea! - seguía insistiendo.

En nuestro pequeño pueblo ya habíamos probado todo tipo de actividad divertida y, por supuesto, nos habíamos quedado sin imaginación para pasar tardes agradables después de la escuela.

Estábamos sentados en el jardín trasero de mi casa, merendando. Al tragar un sorbo de mi té, el líquido resbaló por toda mi garganta quemándome un poco, lo que me provocó un desagradable ataque de tos. Por suerte, o gracias a mi falta de aire se me ocurrió una maravillosa idea.

- ¡Vayamos al bosque! - propuse emocionada. A Joaquín le brillaron los ojitos y asintió frenéticamente mientras aplaudía.

El bosque era muy poco visitado por el pueblo, ya que quedaba a las afueras. Afortunadamente mi casa solo estaba a unos cuantos kilómetros en bici, por lo tanto no habría ningún problema en llegar.

Había muchas leyendas en ese lugar, pero ninguna aterradora como en algún bosque normal. Más bien eran historias fantasiosas de cuentos de hadas que, obviamente nadie había podido comprobar hasta ahora. ¡Pero yo y mi amigo Joaquín lo haríamos!

Enseguida nos levantamos de la mesita de madera y, luego de gritarle a mi mamá que saldría a dar una vuelta por el pueblo, Joaco y yo tomamos nuestras bicicletas y anduvimos pedaleando algunos minutos hasta llegar al bosque.

Al adentrarnos al bosque, Joaco y yo estábamos muy entusiasmado. Los árboles producían una brisa agradable y olía a flores y primavera. Estuvimos un largo rato caminando y corriendo por medio de tantos árboles, pero notamos que ya se hacía tarde, así que decidimos volver a casa.

Sin embargo, Al girar sobre nuestros pasos tuve una sensación de que el bosque había cambiado. Joaco parecía pensar lo mismo, ya que su rostro parecía un dilema de emociones.

Empezamos a caminar y a buscar el gran árbol que se encontraba en la entrada de la arboleda, pero en vez de eso conseguimos un camino de tierra que guiaba a lo profundo del bosque. El aroma a humedad y plantas inundaba mis pulmones, transmitiendo tranquilidad y al mismo tiempo un poco de duda. Ambos decidimos seguir aquel sendero que jamás habíamos visto, intentando conseguir la ayuda de alguien para volver al pueblo.

Estuvimos caminando al principio, y luego corriendo por el caminito de tierra, hasta que un fuerte golpe me hizo frenar de forma repentina mis pies y enseguida giré, sobresaltada. Joaco estaba en el suelo sobando su frente; se había golpeado con un pequeño cartel escrito a mano. Me acerqué cautelosa y me dispuse a leer lo que había escrito.

"Se buscan trabajadores para la granja con urgencia. No importa la experiencia."

El cartel era un pedazo de cartón con una hoja de papel pegada en el medio. La hoja lucía amarillenta y desgastada, supuse era la humedad.

Miré a mi mejor amigo, intentando ver su reacción. Parecía tan emocionado como yo. Ambos habíamos querido un trabajo desde los doce años, simplemente para poder tener dinero y ayudar un poco en casa. Ni a él ni a mí nos gustaba sentirnos inútiles a nuestros 14 años de edad. La mayoría de nuestros compañeros de clases trabajaban.

Rápidamente emprendimos nuestro camino a la granja. O bueno, a donde nos guiaba el camino de tierra. Intentaríamos pedir ayuda para volver y, si corríamos con suerte, conseguir trabajo.

Pronto los árboles fueron disminuyendo hasta que no quedó ninguno. Frente a nosotros se extendía un largo terreno de césped seco y arena. A lo lejos había un pequeño granero sin techo y al lado de este, una casa pintada de blanco.

La casa era grande y tenía aspecto de abandono. Una larga grieta como siniestra cicatriz atravesaba su frente. En el medio, una pesada puerta desgastada por el tiempo. A todo su alrededor, un jardín polvoriento y sin vida.

Mi amigo y yo nos miramos confundidos y empezamos a caminar en dirección a la vieja casa. Bajo nuestros pies crujían hojas secas y algunas otras cosas que no supe adivinar.

Subimos dos escalones de madera que crujían escandalosamente bajo nuestro peso y quedamos frente a la gran puerta de entrada. La casa lucía decadente y una que otra ventana tenía cartón tapando el interior de la casa. Decidimos dar tres pequeños toques a la puerta de entrada y esperamos unos cuantos segundos un poco temerosos.

Entonces apareció un hombre tan viejo como la casa. Unos ojos vidriosos se perdían tras los gruesos cristales. El cuerpo desgarbado se apoyaba en un tosco bastón. Nos miró con desconfianza y casi gritando preguntó:

- ¿Quiénes son ustedes?, ¿¡Qué hacen aquí!?

- Venimos por el aviso - contestamos con temor.

- ¿Qué aviso? - el hombre intentó gritar, pero una tos seca se lo impidió.

-El que dice que necesitan trabajadores en la granja.

El anciano nos miró unos segundos con desconfianza, pero pronto su semblante cambió a uno nostálgico. Se alejó de la ventana para abrirnos la puerta de entrada y nos invitó a pasar. Joaquín y yo, con desconfianza, entramos al lugar. El piso lleno de polvo, las paredes con telarañas. Muebles envueltos con sábanas curtidas. Olía a abandono.

-Síganme - el señor, caminando con ayuda de su bastón, nos guio hacia otra habitación. Había dos pequeños muebles en donde, por suerte, pudimos sentarnos.

Joaquín y yo nos miramos incómodos sin decir ni una palabra y el señor tosió nuevamente, antes de volver a hablar.

-Cuando me casé con mi difunta esposa (que en paz descanse), decidimos mudarnos de la ciudad hasta el pueblo. Nos fue bien en la granja, que era herencia de la familia de ella y prosperamos bastante. Teníamos ovejas, vacas, caballos - sacó un pañuelo de su bolsillo para tapar su boca mientras tosía -. Todo iba muy bien, hasta que llegó la época de mala cosecha en el pueblo. Empezamos a perder trabajadores, debido a que en la ciudad aumentaron las buenas ofertas de trabajo y la mayoría del pueblo se mudó hacia allá. Mi esposa no quiso mudarse, ni yo tampoco; no podíamos dejar la granja sola. Un día se me ocurrió poner el cartel en mitad del bosque para ver si algún joven en busca de trabajo podía brindarnos su ayuda acá en la granja.

» La desgracia pasó cuando a mí esposa le dijeron que era estéril. Nos deprimimos muchos; siempre quisimos tener hijos. Ella lamentablemente no lo soportó y la profunda tristeza me la mató. Desde entonces quedé yo solito y abandoné la granja. Despedí a todos con la esperanza de que mi amada viniera pronto a buscarme; tenía esperanza de morir en cuanto antes. No quería estar lejos de ella. Pero la llevo esperando hace veinte años y ella no me ha venido a buscar aún - tosió -. Estoy ansioso de que venga, ya no quiero seguir solito.

» Algunas veces caminaba al pueblo para despejar un poco mi cabeza, pero ya no puedo desde que me lastimé la rodilla. Mi sobrino Manuel se encarga de traerme la comida los martes y los viernes y hasta ahora así sobrevivo. Pero tengo la esperanza de que mi amada me venga a buscar pronto.

Anonadada y con lágrimas en mis ojos, miré a mi amigo que también estaba por llorar. El señor, sonriendo al cielo, nos pidió disculpas por no haber quitado antes el cartel.

-Oh, no se preocupe señor - habló Joaquín enseguida.

-Ustedes están destinados a estar juntos - sonrió amablemente y luego tosió -. Me recuerdan a mí y a mi amada cuando éramos jóvenes. También fuimos mejores amigos antes de dar el siguiente paso. Por poco la perdía, pero por suerte un gran señor nos ayudó a darnos cuenta de que estábamos enamorados - sonrió con nostalgia -. Con mi esposa nos prometimos a ayudar a cualquier persona que estuviese en la misma situación, si ella estuviera aquí también se los diría.

Mi amigo y yo nos sonrojamos, pero evitamos el tema a toda costa y no nos atrevimos a mirarnos. El anciano se rió de nuestras reacciones, pero desistió del tema.

Así pasamos el resto de la tarde hablando con nuestro nuevo amigo. Pero pronto anocheció y tuvimos que irnos a casa. Le prometimos al anciano volver al día siguiente y que le traeríamos galletitas y té. También lo abrazamos y le dijimos que nos esperase.

Al llegar a casa no pude dejar de pensar en aquel solitario señor y junto con despertarme a la mañana, me vestí simplemente para ir a visitarlo. Joaquín y yo corrimos al bosque sin siquiera desayunar, con las galletitas en la mochila y el té en nuestras manos.

En cuanto entramos al bosque pudimos recordar el camino. Por alguna extraña razón el sendero de arena había desaparecido, pero por suerte nos habíamos grabado un poco el camino. No demoramos mucho en llegar al terreno, pero ya el granero y la vieja casa no estaban en ningún lugar. Mi amigo y yo confundidos nos miramos y volvimos a casa mudos, analizando lo que pasaba.

Le contamos todo a nuestros padres, pero en el pueblo nadie sabía nada acerca de una granja. Según los habitantes, sólo había existido una granja en el pueblo y fue hace más de 40 años.


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