Paso en El Guayabo


#shortstory Tercera parte Volvieron las golondrinas y se marcharon de nuevo una y otra vez. Ramon envejeció antes de tiempo. Vivía solo en su casa, que iba decayendo visiblemente. Era pobre, más aún que Irnelda.

-No tienes fe -le decía ella.

-¡Bah! ¡Qué más da! -replicó él.

-Si dices lo que piensas, déjalo. Eras un muchacho bueno y piadoso. ¿Quieres que te cante una canción de infancia?

-¡Qué más da! -replicó él.

-A mí siempre me consuela -dijo ella.

-Irnelda, eres una santa.

Y la miró con ojos cansados y apagados.
Irnelda cantó la canción, pero no leyéndola de un libro, pues no tenía ninguno, sino de memoria.

-¡Qué palabras más hermosas! -dijo él-. Pero no he podido seguirlas bien.

Ramon era ya viejo, y Elsa no era joven tampoco. Era ya abuela. La chiquilla jugaba con los otros niños del Guayabo, y Ramón se acercaba al grupo. La nietecita de Elsa gritaba, señalándolo:

-¡Pobre Ramon!

Y las demás niñas hacían lo mismo.

-¡Pobre Ramon! -repetían.

Una magnífica mañana de Pentecostés Ramon murió. Han transcurrido muchos años desde entonces. La casa del sastre sigue en pie, pero nadie la habita. El viento silba aún en el viejo árbol; se diría que se oye una canción; si no la comprendes, ve a preguntárselo a la vieja Irnelda, la del asilo.

En el asilo vive, y canta su canción piadosa, aquella misma que cantó a Ramon. Ella piensa en él y reza por él a Dios. Podría contar muchas cosas del tiempo pasado, recuerdos que murmuran en el viejo árbol. Fin
 
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